Las Brujas de Zugarramurdi

En 1610, en la localidad navarra de Zugarramurdi se desarrolló un proceso de la Inquisición, probablemente iniciado por una mezcla de supersticiones, envidias y venganzas entre los vecinos. Unas cuarenta personas fueron juzgadas por brujería, de las cuales doce acabaron en la hoguera, mientras los demás sufrían penas menores.
Ese recuerdo de la historia es el que me evoca el proceso sobre Renault. Un incidente sobre el que se nos ha repetido hasta la saciedad esa cantinela de que el accidente de Piquet en Singapur puso en peligro a pilotos, comisarios, espectadores… Seamos un poco serios. Cualquier accidente tiene su cierto grado de peligro, pero uno del tipo que tuvo Piquet y a esa velocidad resulta impensable que pueda tener un mínimo de riesgo físico.
Lo que convierte en grave el incidente es el hecho de que con el mismo se pudiese pretender alterar el resultado de la carrera. No es el peligro del accidente, sino el provocar un autoaccidente para obtener una ventaja. Aunque, claro, también podemos recordar los incidentes Prost-Senna y viceversa. O Schumacher con Hill. O Schumacher con Villeneuve. Las circunstancias no eran las mismas, pero el concepto ¿no lo era?
Con todo, más que el hecho en sí, lo que me preocupa es la forma en la que la FIA administra sus procedimientos disciplinarios. Echemos un vistazo a las claves del asunto.
Recientemente leía como Martin Brundell -expiloto de F1, comentarista de la BBC y azote de Mosley- aseguraba que la misma noche del GP comentó el accidente con Lauda y ambos estaban de acuerdo en que fue provocado. Es gracioso. Porque, curiosamente, eso se quedó en la conversación privada. Siendo ambos comentaristas de TV, ninguno contó esa convicción mutua… hasta ahora.
Hombre, que el accidente era un poco absurdo está claro. Pero eso, viniendo de Piquet, tampoco era como para poner al FBI y la CIA a investigar. Que el accidente fue oportuno para Renault, también. Que la telemetría era -en palabras de Pat Symonds- inusual, por supuesto. Pero hasta ahí hemos llegado. No parece que pudiese haber nada que, con seguridad, probase el fraude. Y aquí es donde entra el primer dislate de la FIA.
El asunto solo adquiere forma bajo la denuncia de Nelsinho Piquet, autoinculpándose. Tanto él como su padre estaban iracundos por su despido de Renault. En realidad, según su versión, era por algo más. Era porque Briatore había traicionado el pacto que existiría detrás del accidente, para que Piquet pilotase, a cambio, en la temporada 2009. Pero para efectuar la denuncia exige a la FIA la inmunidad, y evitar así las sanciones que acarrearía para él mismo. Y sorprendentemente, la FIA se la concede.
El valor de las declaraciones de los “arrepentidos” ha sido siempre objeto de debate. Detrás de esas declaraciones siempre hay un pacto, no se puede estar seguro de que digan toda la verdad…, en definitiva arrojan dudas sobre su fiabilidad. Pero en el caso de Piquet no nos hallamos ante un acusado que decide pasar a colaborar. Nos hallamos ante alguien que obtuvo su volante en 2009 gracias a su participación en el fraude que denuncia y el silencio sobre el mismo, alguien que -cuando su bajo rendimiento era ya absolutamente injustificable- intentó chantajear a Briatore y Renault. Y alguien que, finalmente, cuando su chantaje fracasa decide vengarse. En palabras de Piquet padre “no pararé hasta destruir completamente a Briatore”.
Y así encontramos a la FIA, haciendo posible mediante la inmunidad la venganza de Piquet. Convirtiendo en real la amenaza que, a cambio de su silencio, dió al brasileño el precio de su contrato en 2009. Yo no sé que les parece a ustedes, pero a mí ver a la FIA situada al lado de la venganza del chantajista me parece un a posición un poco extraña. Como la de un cómplice.
Con todo, esto no es lo más escandaloso. La utilización que la FIA hace sistemáticamente del procedimiento disciplinario es lo que tiñe de arbitrariedad lo que toca.
Los procesos de la Inquisición, en realidad, no se caracterizaban por su crueldad. Desgraciadamente, la crueldad extrema es posible encontrarla a menudo en la historia de la humanidad. La característica distintiva de los procesos inquisitoriales es que su fin era obtener la confesión del reo. A cambio de la confesión, el reo obtenía ciertas ventajas. No se le torturaba, que era el método ideal para obtener la confesión. Su pena era más leve. O, en el caso más extremo, se le ejecutaba antes de llevarle a al hoguera en vez de quemarle vivo, que era lo que esperaba a quienes no confesaban sus felonías.
Supongo que ya ven por donde voy. Para poder probar la acusación de Piquet la FIA debía buscar la confesión. Y la confesión solo se podía conseguir mediante la amenaza de terribles sanciones para quien no colaborase. Algo muy factible, dado que la normativa disciplinaria de la FIA tiene el más amplio rango de posibles sanciones. Cualquier infracción puede ser sancionada con penas que van desde el simple apercibimiento hasta la expulsión definitiva, dependiendo únicamente de la discrecionalidad del órgano disciplinario. La más absoluta inseguridad jurídica.
Y así, para evitar la hoguera que Piquet le había ofrecido en bandeja a Mosley, Renault se vió forzada a confesar y sacrificar a Briatore y Symonds. Solo bajo esa intensa presión parece comprensible la autoinculpación de Pat Symonds. Aunque hoy mismo ha aparecido que en el proceso intervino otro personaje: el Testigo X. Sin duda es lo que necesita la credibilidad de un proceso disciplinario, iniciarse por la venganza de un chantajista y sostenerse sobre un testigo anónimo.
El final era de prever. Renault, el hereje confeso, se salva de la hoguera. Briatore, que se niega a confesar, condenado al fuego eterno.
Si en Singapur hubo una manipulación del resultado, merece una dura sanción. Pero no hay nada que cuestione más la credibilidad de un procedimiento disciplinario que su oscurantismo y manipulación. Sinceramente, espero que Briatore acuda a la justicia ordinaria. No por su situación, que no sé si la merece o no. Pero sí para que, de una vez por todas, la FIA disponga de un sistema disciplinario que no sea el instrumento perfecto para las venganzas y los ajustes de cuentas.
Mientras tanto, la familia Piquet y Max Mosley sonrien.

